¡Dios mío! ¡Qué escena acaba de ocurrir! Aún me siento estupefacto de la impresión. No sé si voy a ser capaz de detallarla; pero la historia que he consignado aquí quedaría incompleta sin esta catástrofe prodigiosa y final.
Entré en el camarote donde yacen los restos de mi infortunado amigo. Inclinada sobre él había una figura que no me es posible describir con palabras: tenía una estatura gigantesca, aunque de proporciones toscas y deformes. En su postura, unos largos y descuidados mechones le ocultaban el rostro; pero tenía extendida una mano inmensa, semejante en color y textura a las de una momia. Al oírme, dejó de proferir exclamaciones de pesar y de horror, y saltó hacia la ventana. Jamás he contemplado una visión más horrible que su rostro, de una fealdad repugnante y espantosa. Cerré los ojos involuntariamente y me esforcé en tener presente mi deber con respecto a este destructor. Le ordené que se detuviera.
Se quedó mirándome con extrañeza; luego se volvió otra vez hacia el cuerpo sin vida de su creador, como ignorando mi presencia. Cada una de sus facciones y gestos parecía animada por la furia de una pasión incontrolable.
-¡Esa es también víctima mía! -exclamó-. Con su muerte, mis crímenes han concluido; la miserable serie ha llegado a su fin. ¡Ah, Frankenstein! ¡Ser generoso y abnegado! ¿De qué me sirve ahora pedirte que me perdones? ¿A mí, que irreverentemente te he destruido a ti y a cuanto amabas? ¡Ay! Pero está frío y no puede contestar.
Parecía que se le ahogaba la voz; y mi primer impulso, que me decía que cumpliese lo que mi amigo me había pedido en la agonía y destruyese a su enemigo, quedó en suspenso a causa de una mezcla de curiosidad y de compasión. Me acerqué a este ser tremendo; no me atrevía a alzar los ojos hacia su rostro. Había algo terrible y extraterreno en su fealdad. Traté de hablar, pero las palabras murieron en mis labios. El monstruo siguió profiriendo feroces e incoherentes reproches sobre sí mismo. Por último, en una pausa de su pasión tempestuosa, hice acopio de resolución para hablarle.
-De nada sirve tu arrepentimiento -dije-. Si hubieses escuchado la voz de la conciencia y hecho caso de las llamadas del remordimiento, antes de llevar tu diabólica venganza hasta este extremo, Frankenstein aún viviría.
-¿Acaso sueñas? -dijo el demonio-. ¿Crees que he sido insensible a la agonía y al remordimiento? Él -prosiguió, señalando el cadáver- no sufrió cuando llevó a cabo su hazaña. ¡Ah! Durante los morosos detalles de su ejecución no sufrió ni la diezmilésima parte de la angustia que he sufrido yo. Un egoísmo espantoso me empujaba, mientras el remordimiento me envenenaba el corazón. ¿Crees que los gemidos de Clerval fueron música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para el amor y la simpatía; y cuando la desdicha lo empujó hacia la maldad y el odio, no pude soportar la violencia del cambio sin una tortura como nadie puede siquiera imaginar.
»Después de la muerte de Clerval regresé a Suiza, vencido y destrozado. Compadecía a Frankenstein, y mi compasión rayaba en el horror: abominaba de mí mismo. Pero cuando descubrí que él, autor a la vez de mi existencia y de mis indecibles tormentos, se atrevía a esperar la felicidad; que, mientras acumulaba sobre mí la desdicha y la desesperación, se disponía a gozar de sentimientos y pasiones que yo tenía vedados para siempre, entonces la envidia impotente y la amarga indignación me inspiraron una sed insaciable de venganza; recordé mi amenaza y decidí que debía cumplirla. Comprendí que esto atraería sobre mí una tortura mortal, pero era esclavo -no dueño- de un impulso que detestaba, aunque no podía desobedecer. ¡Pero cuando ella murió! No, entonces no fui desdichado. Había desechado todo sentimiento, había reprimido toda angustia, para gozarme en el exceso de mi desesperación. A partir de entonces el mal se convirtió en un bien para mí. Ya no tuve elección sino para adaptar mi naturaleza a un elemento que voluntariamente había escogido. El cumplimiento de mis demoníacos designios se convirtió en una pasión insaciable. Ahora ha concluido; ¡ahí está mi última víctima!
Al principio me habían conmovido sus manifestaciones de desventura; sin embargo, cuando recordé lo que Frankenstein había dicho sobre su poder de elocuencia y persuasión y volví una vez más los ojos hacia el cuerpo sin vida de mi amigo, la indignación renació en mi interior.
-¡Desdichado! -exclamé-. No está mal, venir aquí a gimotear sobre la desolación que has ocasionado. Arrojas la antorcha sobre un montón de edificios, y una vez consumidos todos, te sientas entre sus ruinas a lamentar su derrumbamiento. ¡Demonio de hipocresía! Si aquel por quien lloras viviese todavía, volvería a ser el objeto y la víctima de tu odiosa venganza. No es compasión lo que tú sientes; te lamentas sólo porque la víctima de tu malignidad ha escapado a tu poder.
-¡Ah, no es eso... no es eso! -interrumpió el monstruo-. Aunque sea ésa la impresión que te produzcan mis acciones. Pero no es un sentimiento de compasión por mis sufrimientos lo que busco. No hay simpatía para mí. Cuando la busqué al principio, lo hice movido por el deseo de compartir el amor a la virtud, y los sentimientos de felicidad y de afecto me desbordaron por entero. Pero ahora que la virtud se ha convertido para mí en una sombra, y la felicidad y el afecto en amarga y odiosa desesperación, ¿en dónde debo buscar simpatía? Me resigno a sufrir sólo mientras duren mis sufrimientos; y me alegro de que, cuando muera, el oprobio y la abominación acompañen mi memoria. Hubo un tiempo en que mi imaginación se recreaba en sueños de virtud, de fama y de alegría. Hubo un tiempo en que esperé ilusoriamente encontrarme con seres que, perdonando mi forma externa, me amasen por las excelentes cualidades que era capaz de manifestar. Abrigué pensamientos elevados de honor y de abnegación. Pero ahora el crimen me ha degradado por debajo de las más ruines alimañas. Ninguna culpa, ningún daño, ninguna maldad, ninguna desdicha pueden compararse a la mía. Cuando examino el espantoso inventario de mis pecados, no logro convencerme de que soy la misma criatura cuyo pensamiento estuvo en otro tiempo lleno de visiones sublimes y trascendentes sobre la belleza y la majestad del bien. Pero es así: el ángel caído se convierte en demonio de maldad. Sin embargo, incluso ese enemigo de Dios y del hombre tuvo amigos y aliados en su desolación; en cambio yo estoy solo.
»Tú, que te dices amigo de Frankenstein, pareces conocer mis crímenes y sus desventuras. Pero los detalles que él te haya contado no pueden resumir las horas y meses de desdicha que he sufrido consumiéndome en pasiones impotentes. Pues aunque destruía sus esperanzas, no satisfacía mis propios deseos, siempre ardientes y devoradores; anhelaba el amor y la compañía, y sin embargo era despreciado. ¿No es injusticia eso? ¿Debo ser considerado el único criminal, cuando toda la humanidad ha pecado contra mí? ¿Por qué no odias a Félix, que arrojó injustamente de su puerta al amigo? ¿Por qué no maldices al rústico que trató de matar al que había salvado a su hijita? ¡No, ésos son seres virtuosos e inmaculados! ¡Yo, el miserable, el abandonado, soy un aborto al que hay que despreciar y arrojar y pisotear! Aun ahora me hierve la sangre al recordar esta injusticia.
»Pero es cierto que soy un desdichado. He asesinado a seres encantadores e indefensos; he estrangulado a inocentes criaturas mientras dormían, y he apretado la garganta de quien no me había hecho daño a mí ni a ser humano alguno. He arrastrado a mi creador -el ejemplo más selecto de cuantos son merecedores de amor y admiración- a la desdicha; le he perseguido hasta esta ruina irremediable. Ahí yace, blanco y frío por la muerte. Y tú me odias también; pero tu odio no puede compararse al que siento yo cuando me miro a mí mismo. Contemplo estas manos que han ejecutado tantos crímenes; pienso en mi imaginación que los concibió, y ansío que llegue el momento en que no vuelva a verme más las manos, y no vuelva a agobiarme más mi imaginación.
»No temas, no volveré a ser el instrumento de nuevas maldades. Mi obra casi ha terminado. No hace falta tu muerte, ni la de ningún otro hombre, para que concluya la serie de crímenes y se cumpla lo que se debe cumplir; pero sí hace falta la mía. No creas que tardaré en llevar a cabo mi sacrificio. Abandonaré tu barco en el témpano que me ha traído hasta aquí y buscaré la extremidad más nórdica del globo; construiré una pira funeraria y reduciré a cenizas este cuerpo miserable, para que sus restos no proporcionen luz alguna al curioso y desdichado profano que pretenda crear otro ser como yo. Moriré. No sentiré más las agonías que ahora me consumen ni seré presa de sentimientos insatisfechos. Ha muerto el que me llamó a la vida; cuando yo no exista, se desvanecerá muy pronto el recuerdo de nosotros dos. Ya no veré el sol ni las estrellas, ni sentiré jugar el viento en mis mejillas. Desaparecerán la luz, la sensibilidad y el sentimiento; y en ese estado encontraré mi felicidad. Debí morir hace unos años, cuando las imágenes de este mundo se abrieron por primera vez a mis sentidos, cuando percibí el saludo cálido del verano y oí el susurro de las hojas y los trinos de los pájaros, y eran todos para mí; ahora la muerte es mi único consuelo. Manchado de crímenes y corroído por los más amargos remordimientos, ¿dónde puedo encontrar descanso sino en la muerte?
»¡Adiós!; te dejo. Serás el último de los humanos que contemplen estos ojos. ¡Adiós, Frankenstein! Si estuvieses vivo y abrigases deseos de venganza contra mí, los saciaría mejor mi vida que mi muerte. Pero no es así; tú buscaste mi destrucción para que no pudiese causar mayores desdichas; y si, de algún modo desconocido para mí, no has dejado de pensar y de sentir, no puedes desearme un mal más grande que el que ahora siento. Aun condenado como estabas, mi agonía es mayor que la tuya, pues el aguijón implacable del remordimiento no cesará de hurgar en mis heridas hasta que la muerte las cierre para siempre.
»Pero pronto moriré -exclamó con triste y solemne entusiasmo- y dejaré de sentir lo que siento. No tardarán en apagarse estos sufrimientos abrasadores. Subiré triunfalmente a mi pira funeraria, y gozaré en la agonía de las llamas torturadoras. Cuando se apague la luz de esa hoguera, los vientos barrerán mis cenizas arrojándolas al mar. Mi espíritu dormirá en paz; si piensa, sin duda lo hará de otra manera. Adiós.
Dicho esto, saltó veloz por la ventana del camarote al témpano que había junto al barco. Las olas se lo llevaron rápidamente, perdiéndose en la oscura lejanía.