martes 16 de junio de 2009

Silencio

Se cuenta que Gautama, el iluminado, un día mostró una flor a sus discípulos y les preguntó: ¿Qué os dice esta flor? Los discípulos estuvieron contemplándola fijamente y en silencio durante un tiempo. De pronto, el primer discípulo abrió la boca y empezó a pronunciar una conferencia filosófica sobre la flor. Un segundo recitó un bello poema que acabada de componer. Otro describió la flor como quien da una clase de ciencias naturales. Le tocó el turno a un cuarto discípulo, quien miró la flor. Aspiró su aroma. Sonrió placenteramente. No dijo nada y se quedó contento y feliz. Sólo éste último había visto la flor.

Frankenstein, Final...y silencio

¡Dios mío! ¡Qué escena acaba de ocurrir! Aún me sien­to estupefacto de la impresión. No sé si voy a ser capaz de detallarla; pero la historia que he consignado aquí quedaría incompleta sin esta catástrofe prodigiosa y final.

Entré en el camarote donde yacen los restos de mi infor­tunado amigo. Inclinada sobre él había una figura que no me es posible describir con palabras: tenía una estatura gi­gantesca, aunque de proporciones toscas y deformes. En su postura, unos largos y descuidados mechones le ocultaban el rostro; pero tenía extendida una mano inmensa, seme­jante en color y textura a las de una momia. Al oírme, dejó de proferir exclamaciones de pesar y de horror, y saltó hacia la ventana. Jamás he contemplado una visión más horri­ble que su rostro, de una fealdad repugnante y espantosa. Cerré los ojos involuntariamente y me esforcé en tener presente mi deber con respecto a este destructor. Le ordené que se detuviera.

Se quedó mirándome con extrañeza; luego se volvió otra vez hacia el cuerpo sin vida de su creador, como ignorando mi presencia. Cada una de sus facciones y gestos parecía animada por la furia de una pasión incontrolable.

-¡Esa es también víctima mía! -exclamó-. Con su muer­te, mis crímenes han concluido; la miserable serie ha llega­do a su fin. ¡Ah, Frankenstein! ¡Ser generoso y abnegado! ¿De qué me sirve ahora pedirte que me perdones? ¿A mí, que irreverentemente te he destruido a ti y a cuanto ama­bas? ¡Ay! Pero está frío y no puede contestar.

Parecía que se le ahogaba la voz; y mi primer impulso, que me decía que cumpliese lo que mi amigo me había pe­dido en la agonía y destruyese a su enemigo, quedó en sus­penso a causa de una mezcla de curiosidad y de compasión. Me acerqué a este ser tremendo; no me atrevía a alzar los ojos hacia su rostro. Había algo terrible y extraterreno en su fealdad. Traté de hablar, pero las palabras murieron en mis labios. El monstruo siguió profiriendo feroces e incohe­rentes reproches sobre sí mismo. Por último, en una pausa de su pasión tempestuosa, hice acopio de resolución para hablarle.

-De nada sirve tu arrepentimiento -dije-. Si hubieses es­cuchado la voz de la conciencia y hecho caso de las llama­das del remordimiento, antes de llevar tu diabólica vengan­za hasta este extremo, Frankenstein aún viviría.

-¿Acaso sueñas? -dijo el demonio-. ¿Crees que he sido insensible a la agonía y al remordimiento? Él -prosiguió, señalando el cadáver- no sufrió cuando llevó a cabo su hazaña. ¡Ah! Durante los morosos detalles de su ejecución no sufrió ni la diezmilésima parte de la angustia que he sufrido yo. Un egoísmo espantoso me empujaba, mientras el re­mordimiento me envenenaba el corazón. ¿Crees que los gemidos de Clerval fueron música para mis oídos? Mi co­razón estaba hecho para el amor y la simpatía; y cuando la desdicha lo empujó hacia la maldad y el odio, no pude so­portar la violencia del cambio sin una tortura como nadie puede siquiera imaginar.

»Después de la muerte de Clerval regresé a Suiza, venci­do y destrozado. Compadecía a Frankenstein, y mi com­pasión rayaba en el horror: abominaba de mí mismo. Pero cuando descubrí que él, autor a la vez de mi existencia y de mis indecibles tormentos, se atrevía a esperar la felicidad; que, mientras acumulaba sobre mí la desdicha y la desespe­ración, se disponía a gozar de sentimientos y pasiones que yo tenía vedados para siempre, entonces la envidia impo­tente y la amarga indignación me inspiraron una sed insa­ciable de venganza; recordé mi amenaza y decidí que debía cumplirla. Comprendí que esto atraería sobre mí una tor­tura mortal, pero era esclavo -no dueño- de un impulso que detestaba, aunque no podía desobedecer. ¡Pero cuando ella murió! No, entonces no fui desdichado. Había dese­chado todo sentimiento, había reprimido toda angustia, para gozarme en el exceso de mi desesperación. A partir de entonces el mal se convirtió en un bien para mí. Ya no tuve elección sino para adaptar mi naturaleza a un elemento que voluntariamente había escogido. El cumplimiento de mis demoníacos designios se convirtió en una pasión insacia­ble. Ahora ha concluido; ¡ahí está mi última víctima!

Al principio me habían conmovido sus manifestaciones de desventura; sin embargo, cuando recordé lo que Fran­kenstein había dicho sobre su poder de elocuencia y persuasión y volví una vez más los ojos hacia el cuerpo sin vi­da de mi amigo, la indignación renació en mi interior.

-¡Desdichado! -exclamé-. No está mal, venir aquí a gi­motear sobre la desolación que has ocasionado. Arrojas la antorcha sobre un montón de edificios, y una vez consu­midos todos, te sientas entre sus ruinas a lamentar su de­rrumbamiento. ¡Demonio de hipocresía! Si aquel por quien lloras viviese todavía, volvería a ser el objeto y la víc­tima de tu odiosa venganza. No es compasión lo que tú sientes; te lamentas sólo porque la víctima de tu malignidad ha escapado a tu poder.

-¡Ah, no es eso... no es eso! -interrumpió el monstruo-. Aunque sea ésa la impresión que te produzcan mis accio­nes. Pero no es un sentimiento de compasión por mis sufri­mientos lo que busco. No hay simpatía para mí. Cuando la busqué al principio, lo hice movido por el deseo de com­partir el amor a la virtud, y los sentimientos de felicidad y de afecto me desbordaron por entero. Pero ahora que la virtud se ha convertido para mí en una sombra, y la felici­dad y el afecto en amarga y odiosa desesperación, ¿en dón­de debo buscar simpatía? Me resigno a sufrir sólo mientras duren mis sufrimientos; y me alegro de que, cuando muera, el oprobio y la abominación acompañen mi memoria. Hu­bo un tiempo en que mi imaginación se recreaba en sueños de virtud, de fama y de alegría. Hubo un tiempo en que es­peré ilusoriamente encontrarme con seres que, perdonan­do mi forma externa, me amasen por las excelentes cualida­des que era capaz de manifestar. Abrigué pensamientos elevados de honor y de abnegación. Pero ahora el crimen me ha degradado por debajo de las más ruines alimañas. Ninguna culpa, ningún daño, ninguna maldad, ninguna desdicha pueden compararse a la mía. Cuando examino el espantoso inventario de mis pecados, no logro convencerme de que soy la misma criatura cuyo pensamiento estuvo en otro tiempo lleno de visiones sublimes y trascendentes sobre la belleza y la majestad del bien. Pero es así: el ángel caído se convierte en demonio de maldad. Sin embargo, in­cluso ese enemigo de Dios y del hombre tuvo amigos y aliados en su desolación; en cambio yo estoy solo.

»Tú, que te dices amigo de Frankenstein, pareces cono­cer mis crímenes y sus desventuras. Pero los detalles que él te haya contado no pueden resumir las horas y meses de desdicha que he sufrido consumiéndome en pasiones im­potentes. Pues aunque destruía sus esperanzas, no satisfa­cía mis propios deseos, siempre ardientes y devoradores; anhelaba el amor y la compañía, y sin embargo era despre­ciado. ¿No es injusticia eso? ¿Debo ser considerado el úni­co criminal, cuando toda la humanidad ha pecado contra mí? ¿Por qué no odias a Félix, que arrojó injustamente de su puerta al amigo? ¿Por qué no maldices al rústico que trató de matar al que había salvado a su hijita? ¡No, ésos son seres virtuosos e inmaculados! ¡Yo, el miserable, el abandonado, soy un aborto al que hay que despreciar y arrojar y pisotear! Aun ahora me hierve la sangre al recor­dar esta injusticia.

»Pero es cierto que soy un desdichado. He asesinado a seres encantadores e indefensos; he estrangulado a inocen­tes criaturas mientras dormían, y he apretado la garganta de quien no me había hecho daño a mí ni a ser humano al­guno. He arrastrado a mi creador -el ejemplo más selecto de cuantos son merecedores de amor y admiración- a la desdicha; le he perseguido hasta esta ruina irremediable. Ahí yace, blanco y frío por la muerte. Y tú me odias tam­bién; pero tu odio no puede compararse al que siento yo cuando me miro a mí mismo. Contemplo estas manos que han ejecutado tantos crímenes; pienso en mi imaginación que los concibió, y ansío que llegue el momento en que no vuelva a verme más las manos, y no vuelva a agobiarme más mi imaginación.

»No temas, no volveré a ser el instrumento de nuevas maldades. Mi obra casi ha terminado. No hace falta tu muerte, ni la de ningún otro hombre, para que concluya la serie de crímenes y se cumpla lo que se debe cumplir; pero sí hace falta la mía. No creas que tardaré en llevar a cabo mi sacrificio. Abandonaré tu barco en el témpano que me ha traído hasta aquí y buscaré la extremidad más nórdica del globo; construiré una pira funeraria y reduciré a cenizas es­te cuerpo miserable, para que sus restos no proporcionen luz alguna al curioso y desdichado profano que pretenda crear otro ser como yo. Moriré. No sentiré más las agonías que ahora me consumen ni seré presa de sentimientos insa­tisfechos. Ha muerto el que me llamó a la vida; cuando yo no exista, se desvanecerá muy pronto el recuerdo de noso­tros dos. Ya no veré el sol ni las estrellas, ni sentiré jugar el viento en mis mejillas. Desaparecerán la luz, la sensibilidad y el sentimiento; y en ese estado encontraré mi felicidad. Debí morir hace unos años, cuando las imágenes de este mundo se abrieron por primera vez a mis sentidos, cuando percibí el saludo cálido del verano y oí el susurro de las ho­jas y los trinos de los pájaros, y eran todos para mí; ahora la muerte es mi único consuelo. Manchado de crímenes y co­rroído por los más amargos remordimientos, ¿dónde pue­do encontrar descanso sino en la muerte?

»¡Adiós!; te dejo. Serás el último de los humanos que contemplen estos ojos. ¡Adiós, Frankenstein! Si estuvieses vivo y abrigases deseos de venganza contra mí, los saciaría mejor mi vida que mi muerte. Pero no es así; tú buscaste mi destrucción para que no pudiese causar mayores desdichas; y si, de algún modo desconocido para mí, no has dejado de pensar y de sentir, no puedes desearme un mal más grande que el que ahora siento. Aun condenado como estabas, mi agonía es mayor que la tuya, pues el aguijón implacable del remordimiento no cesará de hurgar en mis heridas hasta que la muerte las cierre para siempre.

»Pero pronto moriré -exclamó con triste y solemne entusiasmo- y dejaré de sentir lo que siento. No tardarán en apagarse estos sufrimientos abrasadores. Subiré triunfalmente a mi pira funeraria, y gozaré en la agonía de las llamas torturadoras. Cuando se apague la luz de esa hogue­ra, los vientos barrerán mis cenizas arrojándolas al mar. Mi espíritu dormirá en paz; si piensa, sin duda lo hará de otra manera. Adiós.

Dicho esto, saltó veloz por la ventana del camarote al témpano que había junto al barco. Las olas se lo llevaron rápidamente, perdiéndose en la oscura lejanía.

Frankenstein, Texto 27

Se acerca el final...

¿Para qué demorarme en los hechos que siguieron a ésta última catástrofe? La mía es una historia hecha de horrores; he llegado a su punto culminante, y lo que ahora voy a contarle no puede sino resultar tedioso para usted. Sepa que, uno por uno, el demonio me fue arrebatando a todos mis seres queridos. Me quedé solo.
(Pág. 283)


Y así empecé una vida errabunda que no concluirá sino con mi vida. He recorrido una vasta porción de la tierra y he soportado todas las penalidades que puede padecer un viajero en los desiertos y países bárbaros. No sé cómo he logrado sobrevivir; muchas veces he tendido mis desfallecidos miembros en la arena en espera de que llegar la muerte. Pero la venganza me mantenía vivo; no me atrevía a morir y dejar con vida a mi adversario.
(Pág. 289)


No sé cuáles eran los sentimientos de aquel a quien perseguía. A veces, efectivamente, dejaba señal de su paso escribiendo en las cortezas de los árboles o en las piedras, a fin de guiarme y hostigar mi furia. "Mi domino aún no ha concluido -rezaba una de aquellas inscripciones-; vives, y mi poder es completo. Sígueme; voy en busca de los hielos eternos del norte, donde sentirás el suplicio de los fríos y de la helada, a los que soy insensible. Cerca de este lugar encontrarás, si no te demoras, una liebre muerta; come, y repón tus fuerzas. Adelante, enemigo mío; aún no hemos puesto a prueba nuestras vidas; pero habrás de soportar muchas horas de privaciones y dolor, hasta que llegue ese momento."
(Pág. 293)


"Me preocupa que siga viviendo ese instrumento de maldad; por lo demás, en esta hora en que espero mi liberación me siento feliz por primera vez desde hace varios años. las formas de mis amados difuntos fluctúan ante mí, y corro a sus brazos. ¡Adiós, Walton! Busque la felicidad en la paz y evite la ambición, aun cuando parezca inocente el deseo de distinguirse en la ciencia y en los descubrimientos. Pero ¿por qué digo esto? Si mis esperanzas han fracasado en este ámbito, otros pueden triunfar."
Su voz se fue debilitando mientras hablaba; al final, agotado por el esfuerzo, se quedó en silencio. Media hora más tarde trató de hablar de nuevo, pero no pudo; me apretó la mano desmayadamente y sus ojos se cerraron para siempre, mientras por sus labios cruzaba el destello de una sonrisa.
(Págs. 308-309)


El odio como motor de la vida. Tanto en la vida real como en la literatura, el odio aparece como una fuerza capaz de determinar completamente la vida de las personas. Hay odios que permanecen de generación en generación.
Una frase terrible del monstruo: "mi dominio aún no ha concluído; vives, y mi poder es completo". Parece sugerir que no dominamos el odio sino que éste nos domina. Es un sentimiento sobre el que vale la pena reflexionar un momento.

¿Qué diferencia al odio de otra clase de sentimientos próximos?
¿Acaba siendo el odio una pasión que destruye a quien la experimenta?

lunes 15 de junio de 2009

Frankenstein, Texto 26

Para el culpable no existe la paz
(Pág. 273)

Culpa, remordimiento...atraviesan toda la historia de Víctor Frankenstein.
¿Estamos ante algo parecido a lo que decíamos en la entrada anterior? ¿Son conceptos "antiguos"?
¿Tiene sentido seguir hablando de culpa y de remordimiento?

Frankenstein, Texto 25

(Elizabeth escribe a Víctor para pedirle que no se case con ella si no la ama de verdad)

(...) cuando te vi el otoño pasado tan abatido y observé que te apartabas de la compañía de todos, no pude evitar el pensar que quizás lamentabas nuestras relaciones y que el honor te obligaba a cumplir el deseo de tus padres, aunque era opuesto a tus inclinaciones. (...) Pero lo que pretendo es tu felicidad, tanto como la mía, al confesarte que nuestro matrimonio me haría eternamente desgraciada si no fuese fruto de tu libre elección. Lloro ante la idea de que, abatido por las más crueles desventuras, aún seas capaz de ahogar, por la palabra "honor", toda la esperanza de amor y felicidad que sólo tú puedes restituirte.
(Págs. 270-271)

Ya hemos mencionado los vínculos de Mary Shelley (por vía filial) con el pensamiento feminista. El retrato que hace de Elizabeth nos da algunas pistas. Aquí se muestra como una mujer lúcida, cariñosa y respetuosa con el hombre que ama. No quiere que su compromiso sea una cuestión de honor, sino de amor.
El honor como motor del comportamiento ha producido miles de páginas de toda clase de literatura. Desgraciadamente todavía se habla de "crímenes de honor" en la prensa (puedes investigar por ahí).
¿Tiene sentido seguir hablando del honor? ¿En tu vida cotidiana te planteas que haya algo que debas hacer por el honor? ¿Es el honor una pieza arqueológica?

Frankenstein, Texto, 24

Las ¿ayudas? químicas....

Desde que había superado la fiebre, había adoptado la costumbre de tomar por la noche una pequeña cantidad de láudano, ya que sólo con esta droga conseguía el descanso necesario parfa seguir con vida.
(Pág. 266)

(Víctor Frankenstein ha vuelto a sufrir otro duro golpe tras la muerte de su amigo Clerval, como consecuencia de su negativa a cumplir la promesa que le había hecho al monstruo.)

A propósito del otro libro que hemos leído también ha surgido el tema de las drogas. Supongo que ya todo el mundo es consciente de que cuando se habla de drogas se habla de las consideradas ilegales. Son muchas las personas que no entienden por qué se criminaliza el consumo de determinadas sustancias mientras que se publicita masivamente el consumo de otras. Desde que el hombre anda por el planeta ha utilizado sustancias que alteran la conciencia de muy diversos modos (provocando euforia, calmando el dolor, facilitando el sueño, provocando visiones...)
Víctor Frankenstein es un muy respetable ciudadano que recurre al láudano sin ningún problema.
Si quieres saber más acerca del láudano, ya sabes...

domingo 14 de junio de 2009

Frankenstein, Texto 23

Soy malvado porque soy desgraciado.


Ya hemos comentado esto anteriormente, así que no insistiré más. ¿Cuánto de nuestro mal surge del sufrimiento?


Si no puedo inspirar afecto, inspiraré terror; y a ti, mi mayor enemigo, por ser mi creador, te juro un odio inextinguible.


Algo que causa escalofrío es la enorme proximidad que hay entre el amor y el odio. Personas que se han amado intensamente son capaces de causarse todo el daño imaginable.
El tema de la relación con el PADRE (como figura arquetípica) anda dando vueltas por todo el texto. Nuestro amigo Freud, de quien ya hemos hablado alguna vez, señalaba le enorme ambivalencia de nuestra relación con esa figura: amor/temor. Necesitamos protección, afecto, ternura...y a la vez deseamos liberarnos de esa figura amenazante. Tenemos que "matar" simbólicamente al padre para crecer.
El padre nos sostiene, nos empuja...pero también nos juzga, nos aplasta, nos rechaza, nos menosprecia...
Si pincháis aquí encontraréis uno de los textos clásicos que analizan esta relación primordial: la famosa Carta al padre, de Kafka. Leed el primer párrafo, a ver qué os parece...